“Una no hace esta tarea por plata, le vale un gracias o una sonrisa. A mí me cambió la vida”

un trabajo que conjuga con altruismo

un trabajo que conjuga con altruismo

El 12 de mayo se celebra el Día Internacional de la Enfermería en homenaje a Florence Nightingale, enfermera, escritora y estadística británica, considerada pionera de la enfermería moderna en el siglo XIX. Los enfermeros son aquellas personas que están junto a los chicos y a los padres en momentos delicados, de mucha vulnerabilidad, quizás hasta más cerca que la propia familia. El compartir estas situaciones límite hace que el vínculo entre padres, chicos y enfermeros sea profundo porque brindan contención y refugio. No sólo a través de sus conocimientos como enfermero/a, sino también porque ponen el corazón en lo que hacen. Padres y enfermeros de vocación construyen lazos de cariño impensados y el rol que cumplen es maravillosamente sanador.

Desde Zona de Sentidos quisimos hacer nuestro homenaje entrevistando a una enfermera todo corazón: Noemí Villalba, quien se desempeña como enfermera desde hace 14 años y, justamente, estudió en la Escuela de Enfermería Nightingale de Los Polvorines, Partido de Malvinas Argentinas, Provincia de Buenos Aires. Nos contó, entre otras cosas, que “contener y brindar confort al paciente y, especialmente, estar con él y ver cómo se siente es lo principal” que demanda su tarea.

 “Yo no elegí ser enfermera de chicos especiales, me parece que Dios me lo puso en el camino. Quise estudiar enfermería porque me gustaba y luego empecé a trabajar en distintos lugares. Pero para trabajar con niños con alguna discapacidad tenés que tener un buen corazón. Sino no vale para mí. Hay personas que no están en el lugar adecuado. Porque los pacientes dependen de uno. Ellos están esperando día a día que uno esté, el sólo hecho de estar es suficiente. Lo he comprobado”, dijo Villalba.

Noemí es enfermera de una nena de 5 años que tiene una discapacidad motora. Esto nos lleva a consultarle por las responsabilidades que eso implica. 

Quiero cumplir con ella. Su mamá me contrató para las medicaciones y terminé siendo su nana. Yo me considero su nana. La escucho, la siento. Hoy tuve algo muy especial y es que me pudo ver con sus nuevos lentes. Sus primeros lentes. Antes sólo escuchaba mi voz y hoy me clavó su mirada.

¿Padres con conocimientos en tratamientos ambulatorios podrían reemplazar a una enfermera o en todo caso complementar su tarea?

Los padres son enfermeros, son médicos, son todo. Ellos son los primeros que conocen a sus hijos. Enseñan y ayudan a desarrollarse a enfermeros, cuidadores y hasta a los profesionales mismos, porque ellos saben lo que son sus hijos. Conocen todo: cómo van a hacer caca, cuándo van a hacer pis o si quieren agua o sólo verlos. Ellos nos enseñan a nosotros, que aprendemos de eso. La observación es lo principal.

Además de la compañía, ¿hay algún tratamiento o algo que puedan hacer para reconfortarlos más?

Cuando la mamá se ocupa de su hijo, ella es quien te indica qué es lo que le hace bien a su chico. Incluso qué es lo que no le gusta. Pero es importante hacerles masajes, cambiarlos de posición, levantarlos y que caminen. También charlar con ellos, hacerlos escuchar música, tocar algún instrumento, leerles. Si pueden ver, ofrecerles objetos que los estimule y que vean muchas cosas y si pueden escuchar, entonces leerles.

¿Cuánto de amor se necesita para desarrollar esta tarea?    

Todo. Mucho, mucho. A mi nena la considero una nieta. Uno cambia, yo cambié realmente. No buscaba el dinero, con un gracias o una sonrisa para mí ya era suficiente. Algunas veces me ahogaba en un vaso de agua. Hoy veo que no. Hay padres que están más ahogados que uno. El tiempo me cambió la mirada al entrar a un mundo distinto que no conocía y que hoy sí. Trabajé con gente grande y en pediatría. Pero la verdad es que no quería trabajar con chicos chiquitos porque no quería sufrir en caso de que les sucediera algo. Y Dios me dijo que tenía que trabajar con pediatría y después empecé a hacerlo con niños con alguna discapacidad. Y acá estoy, mi vida cambió mucho.

¿Se acuerda de alguna anécdota de su profesión que quiera compartir?

Soy vacunadora. Mi alegría más grande era ir a la maternidad y vacunar a muchos chicos chiquitos, recién nacidos. Ponerles la BCG. A los dos meses se los empieza a vacunar con la Sabin (contra la polio), que son unas gotitas por vía oral. Y me preguntaba por qué ponían esa cara de asco cuando la tomaban. Entonces la probé y descubrí que sí, que era muy fea jaja. Tenían razón. Mi gran gratitud es haber podido vacunar muchos chicos en el partido de Malvinas Argentina en el que trabajé diez años. Siendo muy bebés, estando expuestos a muchas cosas, los levantaba, jugaba, siempre pidiéndoles permiso a los padres para que me dejen tocar a los chicos. Iba a vacunar a los chicos que estaban en el engorde y si llegaban a los dos kilos los vacunaba y, si no, les decía que engordaran un poquito más y que la próxima semana volvería. Esas fueron mis lindas experiencias.

Por último, a modo de cierre, Noemí Villalba se permitió una reflexión final. “La profesión es muy linda. El sólo hecho de dar una mano para que se sienta bien esa mamá que ve a su hijo o a su esposo enfermo es muy lindo. Es muy grande. Ver a una madre preocupada porque no sabe qué hacer para que se le pase la fiebre a su bebé que no durmió en toda la noche o la tristeza de observar cómo algunos chicos se les van de las manos sin poder hacer nada, hacen que dé mucha satisfacción poder ponerles una mano en el hombro en ese momento. Lo mejor que hay en enfermería, para mí, es trabajar con pediatría. Uno abraza esta profesión por su corazón, no por el dinero. Eso me lo dijo una profesora, que me preguntó si lo había elegido como una salida laboral o porque realmente me gustaba. Cuando era estudiante, en un hospital en el que hacía las prácticas, se murió un paciente. Me dolió en el alma, lloré mucho y le dije a la profesora que eso no era para mí. Ella, en cambio, me contestó que sí, porque me dolía la muerte de una persona que no conocía. Porque me decía que necesitaba esa sensibilidad. Y tenía razón. Hoy con cada acontecimiento de mi nena, a quien cuido mucho, lloro.

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