Cuando la escritura es un bálsamo

Catalina Corti Maderna es la mamá de Milagros y encuentra en las letras un espacio sanador. Hablamos con ella acerca de su gusto por escribir y su hermosa familia.

“A raíz de una nota que leí, en la que me emocioné mucho, me pregunté ¿y por qué yo no? Siempre había querido escribir mi historia, lo que sentía al tener una hija con parálisis cerebral”. Alegre y optimista, así nos contó Catalina Corti Maderna cómo decidió empezar a escribir.

Dicen que la literatura es reparadora y Catalina puede dar cuenta de ello. Desde hace un tiempo, escribe y publica en su cuenta de Facebook relatos breves en los que vuelca fragmentos de su vida diaria, alegrías y frustraciones. Aunque asegura que “de escribir no sabe nada”, sus lectores y allegados (comparte sólo con amigos sus publicaciones) no dejan de alentarla porque se sienten interpelados a través de sus textos.

Letras con sentimiento

Estos son algunos fragmentos que la autora seleccionó para compartir en esta nota que les presentamos hoy:

“¡Me siento llena de alegría! Me llena el corazón el poder comunicarme con ella, con solo una mirada. Un llamado, desde la cocina, por medio de un grito. Cuando ella solo quiere estar de la mano, sentadita al lado mío”.

“Tratando de dormir. Y no puedo. Mi cabecita da vueltas sobre un mismo lugar. Y pienso cómo sería mi vida sin enfermeras, sin alguien que cuide a Mili. Cuando faltan las enfermeras, deseo que me pase más seguido, al ver a Mili sonreír junto a su familia compartiendo un lindo momento. (…) ¡Qué difícil situación! Por un lado, necesitas esa ayuda y, por el otro, no la querés”.

“¡MILI ME DA FUERZA!

Qué impotencia me da no entenderla

Qué impotencia me da no escuchar sus palabras

Qué impotencia me da que no diga mamá

Qué impotencia me da no verla caminar con su grupo de amigas por el club

¡Cuántos sentimientos encontrados!

¡Cuántos pensamientos encontrados!

El inconsciente está activo las 24 horas del día. Pero al mismo tiempo…

Cuánta satisfacción cuando trasmite alegría

Cuánta satisfacción cuando es comprendida

Cuánta satisfacción cuando sus hermanos dialogan con ella”.

Mili

Mili tiene dieciséis años y es la mayor de los cuatro hijos de Catalina y Javier. “A los porrazos”, nació con doble vuelta de cordón, seguido de un paro cardíaco. “Todo muy atravesado, fui aprendiendo a medida que pasaban los días a ser madre”, recuerda Catalina y cuenta que, durante los veintisiete días que Mili pasó internada en el neo, no tomó conciencia de la gravedad de la situación, hasta que le preguntó a la neuróloga: “¿Va a poder caminar? ¿En qué le afecta la pérdida de oxígeno?”. La respuesta de la médica fue que probablemente no caminaría, porque había perdido neuronas. “Inmediatamente hice un clic en donde quería vivir el hoy”, asegura Catalina.

Como secuela del parto, Mili tiene una parálisis cerebral severa que le afectó la motricidad. Esto quiere decir que no puede caminar, hablar ni comer por sus propios medios. Sin embargo, su mamá sostiene: “Todo esto ya es menor. Mili me regala sonrisas todos los días, expresa su alegría, su cariño. Nos une con su ternura”.

 

Un día bien organizado

La rutina de Mili y su familia no difiere mucho de la de cualquier otra. Arrancan todos muy tempranito para dar comienzo al día. Mili amanece a las seis y pasa a buscarla su transporte personal, que la lleva hasta el centro Aedín, adonde pudo ingresar a los quince, tras largo tiempo en lista de espera y después de haber asistido a Soles y Ciren.

Su mamá está encantada porque, en Aedín, Mili aprendió a convivir con mucha gente y, si bien todavía no usa imágenes en casa, se comunica mucho con la mirada y con la cara: “Es resonriente. Cuando no quiere algo, te lo dice con un puchero. Sus hermanos (Pipe, Marcos y Luz) le entienden todo lo que quiere, está superintegrada a la familia.”.

Al mediodía, regresa a casa y las tardes suelen ser de paseos y siesta. Hasta que sus hermanos regresan de la escuela y comparten el té en familia. Los tres hermanos van a escuelas diferentes y entonces Mili acompaña a su mamá a llevarlos y traerlos a sus actividades extraescolares. “Cuando estoy sola, ella se sube al auto y viene conmigo. Uno de los chicos vuelve en transporte y con los otros tengo dos pooles”, explica Catalina y agrega: “Me dijeron cuando los cambié a tres colegios diferentes: ¿estás loca? ¿Vos querés complicarte más la vida? Mi vida no es complicada. Voy a buscar el bienestar de los chicos, lo mejor para cada uno de mis hijos. Que sean felices”.

 

Con ganas de pasarla bien

Hace dos años y medio, la familia se mudó a una casa que el papá, Javier, ideó junto a un arquitecto especialmente para la comodidad de cada uno de sus integrantes. Así, sectorizaron el hogar con espacio para que Mili, que es hipersensible a los ruidos, pudiera estar tranquila cuando sus hermanos invitaran amigos a casa, por ejemplo, y que los chicos tuvieran su lugar personal también.

Otro momento de pasarla bien tanto para Mili como para su familia son las vacaciones. El destino favorito suele ser la Patagonia, donde los chicos se divierten pescando con mosca o andando en kayac y Mili disfruta el paisaje y la compañía de sus seres queridos: “podemos pasar horas jugando a las cartas”, dice su mamá.

 

Una familia unida

Catalina afirma que Mili es el eje de unión familiar y que sus hermanos la tratan con total naturalidad. Piensa que quizás sea la ventaja de que Mili haya sido la primera. Cuando nacieron Pipe, Marcos y Luz, ella ya estaba y las situaciones que a otros podrían generarles extrañeza, como la alimentación con botón gástrico (“nos cambió la vida, porque antes casi no comía”), para ellos es algo totalmente cotidiano. “Tratamos de naturalizarlo lo mejor posible y no sacarle tiempo a los chicos. Que sea natural. Es una hermana más. ella es así y se acabó, no hay más que discutir”.

Tal vez por rutina o por no cargarlos a los demás, Cata se encontró muchas veces haciendo tareas que podía compartir con otros. Al respecto, reflexiona: “Un día mi hija de ocho viene y me dice ¿le puedo dar de comer? (a Mili, con el botón gástrico). Le digo sí, bueno. Le empiezo a explicar y me dice no me expliques, yo te veo todos los días. La inercia, la costumbre de darles de comer y de no pedir ayuda. No pedir ayuda es un error. No la pedís y no te la dan. Qué lindo que me ofrezcan ayuda, pero también hay que saberla pedir”.

La familia es muy unida y conviven en armonía, sacando lo mejor de cada uno y con espacio para que todos puedan desarrollarse de la mejor manera posible. Con momentos buenos y otros no tanto, con tropezones y festejos, pero siempre con optimismo, ese que se le nota a Catalina en la mirada y en las letras.

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